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LA F1 VERDADERA

Basta con observar cualquier fotografía de una carrera o parrilla de salida de Fórmula Uno desde los años setenta para notar que, en medio de todo, siempre aparece omnipresente Peter Windsor.

Dentro de la máxima categoría, pocos profesionales —si es que alguno— cuentan con una trayectoria tan completa y de un conocimiento tan profundo del deporte como este aclamado periodista británico.


Nacido en el Reino Unido, Windsor creció en Australia, donde, siendo aún un niño, una conversación con Jim Clark marcaría para siempre el rumbo de su vida. Aquel encuentro con el “Escocés Volador” lo inspiró a transformar su pasión por el automovilismo en una carrera profesional que comenzó como oficial de pista en el

circuito de Warwick Farm, en Sídney, y lo llevó a iniciarse en el periodismo, llegando a convertirse en editor de la prestigiosa revista Autocar.


Una vez de regreso en Europa, Peter dio el salto al otro lado del paddock, Desempeñándose como representante de pilotos como Carlos Reutemann y Nigel Mansell. Entre 1989 y 1990 asumió el rol de Team Manager en Ferrari, y más adelante

dirigió el equipo Canon Williams-Renault, con el que se consagró campeón del mundo en 1992.

Tras un paréntesis en Estados Unidos, acompañando a Nigel Mansell en su aventura en IndyCar, a mediados de los años noventa Peter regresó a la sala de prensa de la Fórmula Uno. Fue editor de la influyente revista F1 Racing y comentarista de televisión para las cadenas estadounidenses Fox y SpeedTV. Durante más de dos décadas, además, ejerció como moderador de las conferencias de prensa post-carrera, convirtiendo su voz en un auténtico símbolo de la Fórmula Uno a nivel mundial.


Referente del más alto nivel de profesionalismo, Peter Windsor no ha dejado de evolucionar. En la actualidad, cuenta con su propio canal de YouTube, donde cada semana analiza el deporte con una profundidad y una perspectiva inigualables.


Hace poco tuve una de esas charlas que te remueven por dentro. Conversaba con mi gran amigo Peter Windsor, un periodista de esos que llevan toda la vida en el paddock, un tipo que ha visto pasar generaciones enteras de pilotos y equipos. Le pregunté, cuál había sido su mejor recuerdo en todos los Grandes Premios de España que ha cubierto.

Su respuesta me intrigó, porque porque él me estaba llevando a otra época. Gran Premio de España 1973, Muntjuic. Me contó que en ese entonces apenas comenzaba su carrera como periodista, un joven que apenas había conseguido su

primer pase de prensa y que no sabía muy bien qué esperar de aquel circuito urbano.


Me describió Montjuïc como algo totalmente único: un trazado brutalmente rápido, Metido dentro del parque, con zonas que eran más rápidas que muchos autódromos permanentes y sin apenas protección más allá de un simple guardarraíl. “Era algo tan salvaje como mágico”, me dijo. Lo imaginé caminando por aquellas calles, mezclándose con los mecánicos en un paddock improvisado dentro de un pequeño campo de fútbol. Me decía que podías acercarte a los coches, a los pilotos, como si todo fuera mucho más humano.


Cuando me habló de Ronnie Peterson, se le iluminaba la cara. Recordaba ese momento en el que lo vio pasar, por primera vez, en el icónico Lotus 72 negro y dorado. Derrapando con una facilidad sobrenatural, controlando el coche con un

ángulo imposible. “Era una danza entre el coche y el piloto, pura poesía mecánica”, me explicó.


Pero no era solo Ronnie. Me habló de Emerson Fittipaldi, entonces ya campeón del

mundo, y de François Cévert, a quien hasta ese fin de semana veía simplemente como el segundo de Jackie Stewart. “Ese día, lo vi con otros ojos”, me confesó. “Tenía una precisión para colocar el coche que me dejó atónito. No era tan espectacular como Ronnie, pero era igual de rápido, elegante, casi quirúrgico”.


También estaba Carlos Reutemann, el Lole, en su primer fin de semana con el revolucionario Brabham BT42 diseñado por un jovencísimo Gordon Murray. “Era otro estilo completamente distinto”, me dijo. “Mucho más centrado en el tren delantero, menos espectacular, pero cuando aceleraba en recta... nunca había visto un Coche salir así de una curva”.


La carrera fue una locura, con muchas retiradas, mucho drama. Emerson ganó, François fue segundo y Reutemann, aunque no terminó bien, dejó destellos de velocidad pura. “Ahí supe que estaba viendo a una generación de leyendas

en formación”, me dijo.


Pero lo más bonito de todo fue el final de su relato. Esa noche, regresaron todos a Londres en un vuelo chárter. Él, un simple periodista con su pase de prensa y su maleta, y Carlos Reutemann, piloto de Fórmula 1, compartiendo el mismo shuttle desde el aeropuerto hasta el aparcamiento.


“No había jets privados, ni guardaespaldas. Eras uno más, hablando de coches, de la carrera, de lo que iba a mejorar el Brabham”, me contó sonriendo. “Eso ya no lo ves hoy en día”.


Esa historia me hizo pensar en todo lo que ha cambiado el deporte. Montjuïc tenía sus peligros, sin duda, pero también tenía un alma que es difícil encontrar en los circuitos modernos. Un ambiente donde el público estaba pegado a la pista, Donde los periodistas se mezclaban con los equipos, y donde los pilotos no eran inalcanzables.


Desde esa conversación, cuando veo fotos o vídeos de Montjuïc, ya no lo veo como un simple circuito viejo; lo veo como un símbolo de lo que era la Fórmula 1: pasión pura, gente cercana y momentos que te dejaban sin aliento.

Y entendí algo importante: a veces no es solo la carrera, es la atmósfera, la gente, el contexto. Es ese tipo de historias lo que hace a la Fórmula 1 tan especial.Desde entonces no puedo dejar de pensar que la Fórmula 1 de antes tenía una crudeza y una cercanía que hoy cuesta encontrar. Montjuïc era peligroso, sí, pero también tenía un alma que ahora solo se respira en las historias de quienes lo vivieron. ❙❘


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